El problema ya no es caer, es cómo se cae. Y lo del Real Murcia empieza a ser algo más preocupante que una simple mala racha: es una deriva que apunta directamente al abismo.
Lo ocurrido ante el Antequera no es un accidente, es un patrón. Un equipo que quiere tener el balón pero no sabe qué hacer con él, que se equivoca en zonas donde no se puede fallar y que transmite una fragilidad impropia de un club con su historia. Porque una cosa es perder y otra muy distinta es ofrecer, por momentos, una imagen lamentable, impropia de la categoría… y del escudo.
El Murcia compite a ratos, sí. Tiene fases donde parece que puede engancharse al partido, incluso dominarlo. Pero todo se desmorona con una facilidad alarmante. No hay contundencia en las áreas, no hay seguridad atrás y, lo más preocupante, no hay sensación de equipo sólido. Es un conjunto partido, emocionalmente frágil, que vive al límite en cada acción.
Y cuando un equipo vive constantemente al límite, lo normal es que acabe cayendo. Como volvió a pasar.
A partir de ahora, el panorama no invita precisamente al optimismo. Lo que viene no es un tramo cualquiera, es una auténtica prueba de supervivencia: tres rivales de zona alta —Europa, Sabadell y Eldense— y dos duelos directos por evitar el descenso —Torremolinos y Betis B—. No hay margen de error. Ninguno.
Esto ya no va de aspirar a algo más, ni de engancharse arriba. Esto es una lucha agónica por no bajar. Un cuerpo a cuerpo en el que cada fallo se paga con sangre y donde la debilidad que viene mostrando el Murcia puede ser letal.
La realidad es dura, pero evidente: o el equipo cambia radicalmente su imagen, su actitud y su fiabilidad, o el desenlace puede ser el que nadie quiere ni imaginar en Nueva Condomina con un Eldense jugándose un ascenso.
Porque ahora mismo, más que un equipo en mala dinámica, el Murcia parece un equipo sin red. Y cuando no hay red, la caída siempre duele mucho más.
