El Murcia se gana el derecho a mirar hacia arriba al vencer al Atlético B (2-1)

El Real Murcia volvió a demostrar que este equipo no entiende de límites. Ni por arriba ni por abajo. En ese punto intermedio, incómodo para muchos pero lleno de posibilidades, los granas firmaron una victoria de carácter ante el Atlético Madrileño (2-1) en un Estadio Enrique Roca que recuperó el pulso de las grandes tardes.

Fue un triunfo de muchos quilates. De los que dicen más de lo que reflejan los puntos. Porque el Murcia no solo ganó: convenció, compitió y, sobre todo, creyó.

Desde el inicio, el equipo de Curro Torres salió con una marcha más. Intensidad, presión alta y una claridad de ideas que desbordó a uno de los mejores visitantes de la categoría. El premio llegó pronto. Primero con el tanto de Óscar Gil, siempre oportuno, y después con el golpe sobre la mesa de Joel Jorquera tras una transición perfecta iniciada por Jon García. El 2-0 al descanso no solo era justo: se quedaba corto.

El Atlético Madrileño, dirigido por Fernando Torres, trató de reaccionar tras el paso por vestuarios. Ajustó piezas, adelantó líneas y encontró el gol en un penalti que Arnau Ortiz transformó en segunda instancia. El partido, entonces, cambió de registro.

Tocaba sufrir. Y el Murcia supo hacerlo.

Lejos de descomponerse, el conjunto grana tiró de oficio, solidaridad y compromiso colectivo. Replegado cuando tocaba, valiente al contragolpe cuando el rival se volcaba, y firme en los momentos críticos. Incluso tuvo ocasiones para sentenciar, pero la falta de acierto mantuvo el duelo abierto hasta el final.

Los últimos minutos fueron una prueba de resistencia. Seis de añadido, centros laterales, balones divididos… y un equipo que no concedió. Que compitió cada acción como si fuera la última. Que entendió que, para aspirar a algo más, primero hay que saber ganar así.

El pitido final desató la euforia. No era para menos. Tercera victoria consecutiva, cinco puntos de margen sobre el descenso y a la misma distancia del ‘playoff’. El Murcia se instala en esa “zona tranquila” que, bien gestionada, puede convertirse en territorio de oportunidades.

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