En septiembre de 1960, Nikita Jrushchov viajó a Helsinki para asistir al sexagésimo cumpleaños del presidente finlandés Urho Kekkonen. La sauna ocupó buena parte de la celebración. Según relató el secretario de Estado Pertti Torstila en un discurso que conserva el Ministerio de Asuntos Exteriores de Finlandia, la historia cuenta que Kekkonen mantuvo al dirigente soviético allí dentro hasta las cinco de la mañana. Poco después, un comunicado de Moscú expresaba su disposición a respaldar el acercamiento finlandés a los mercados occidentales.
Los finlandeses llaman a esto diplomacia de sauna y la practican sin disimulo. Sus 98 misiones diplomáticas repartidas por el mundo tienen una, y en la embajada de Washington llegó a funcionar una sociedad de la sauna con alrededor de 150 miembros. La Unesco inscribió esta cultura en 2020 en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial, y el expediente lo resume con una cifra difícil de asimilar desde el sur de Europa. Hay 3,3 millones de saunas en un país de 5,5 millones de habitantes, bastantes más que automóviles.
Ochenta grados que se aguantan
Lo primero que desconcierta a quien nunca ha entrado es la temperatura. Una sauna finlandesa trabaja entre setenta y cien grados, cifras que en cualquier otro contexto significarían una quemadura. La clave está en la humedad, que se mantiene entre el diez y el veinte por ciento. Con el aire tan seco, el sudor se evapora en cuanto aflora y enfría la piel de forma continua, algo que no ocurre en un baño de vapor. El cuerpo responde a ese calor con un mecanismo parecido al que activa el ejercicio moderado, y de ahí viene buena parte del interés médico por el asunto.
La costumbre ha empezado a aparecer en jardines españoles, un país donde media población se pasa el verano buscando la sombra. Sigue siendo cosa de pocos, porque hace falta parcela propia y una vivienda donde uno decida qué se instala. Para ordenar las dudas de quien se lo plantea en serio hemos hablado con Héctor, al frente de una empresa especializada en estructuras de madera para exterior, que en su catálogo online de Hortum también ofrecen saunas.
“Hace unos años era un producto al que solo unos pocos prestaban interés, ahora es común que quién venga a preguntar por una caseta también tenga curiosidad por las saunas”, cuenta. “Se nota sobre todo en cuanto refresca, porque nadie piensa en una sauna en julio”. La primera confusión que se encuentra tiene que ver con el tipo. “Quien busca la sauna finlandesa de siempre quiere piedras y calor seco, con su löyly, que es el golpe de vapor al echar agua sobre las piedras calientes. Los infrarrojos son otra cosa distinta. Se instalan más fácil y funcionan con la potencia eléctrica de una casa normal, mientras que una estufa tradicional pide bastante más y obliga a revisar la instalación antes de comprar nada”.
Sobre el tamaño, su consejo va en dirección contraria a la que espera mucha gente. “Casi todo el mundo la quiere para dos, o para la familia como mucho. Y está bien que sea así, porque una cabina grande tarda más en calentar y al final la enciendes menos. La sauna pequeña se usa. La enorme corre el riesgo de terminar siendo un mueble de jardín”.
Es imprescindible comprobar los permisos y el suelo
Algo que muchos usuarios no tienen en cuenta es el tema de los permisos. “Una sauna en el jardín es una construcción fija y se ve desde fuera, así que entra en el mismo terreno urbanístico que una caseta o un garaje de madera”, explica Héctor. “Nosotros vendemos la estructura, pero siempre recomendamos preguntar en el ayuntamiento antes de hacer planes. Depende del municipio, del tamaño y de dónde se coloque, la consulta es necesaria”.
Y otro error además de los permisos del suelo. “Lo que más caro sale es montarla sobre un terreno sin nivelar o dejar la ventilación a medias. La madera aguanta el frío y la lluvia sin problema. Lo que no perdona es la humedad que se queda dentro y no encuentra por dónde salir”.
La sauna es una rutina, no un capricho
En Finlandia la sauna no es un acontecimiento sino una costumbre de dos o tres veces por semana, encajada en el día como ducharse o salir a caminar. Buena parte de lo que la investigación médica le atribuye aparece ligada a esa frecuencia sostenida y no a la sesión esporádica.
“Es la pregunta que le haría a cualquiera antes de comprar”, concluye Héctor. “No cuánto mide, sino cuántas veces por semana se ve entrando ahí dentro de aquí a dos inviernos”. Un viejo refrán finlandés dice que la sauna es la farmacia del pobre, sauna on köyhän apteekki, y la frase encaja en un país donde hay una por cada dos habitantes y entrar no cuesta dinero. En España la costumbre llega por el camino contrario, convertida en un artículo de lujo que solo puede plantearse quien tiene jardín. Allí lleva siglos siendo de todos. Aquí, de momento, es de unos pocos.
