5 decisiones tecnológicas que una pyme debería revisar antes de hacer crecer su negocio online

Hay un momento bastante habitual en la vida de una pequeña empresa: la web que se montó cuando arrancó el negocio deja de ser simplemente un escaparate y empieza a tener responsabilidades de verdad.

Llegan solicitudes de presupuesto desde Google, se invierte algo más en publicidad, la tienda recibe más pedidos o determinados días concentran muchas más visitas de las previstas. Y es entonces cuando empiezan a aparecer problemas que antes apenas se notaban. La página tarda demasiado en cargar, una actualización provoca un error o alguien descubre que la última copia de seguridad disponible tiene varias semanas.

No hace falta que una pyme tenga un departamento informático para prevenir buena parte de estas situaciones. Pero sí conviene revisar algunas decisiones que probablemente se tomaron cuando las necesidades del negocio eran muy distintas.

1. Saber dónde están alojados la web y los datos

Puede parecer una pregunta demasiado básica, pero no siempre tiene una respuesta inmediata: ¿dónde está alojada realmente la web de la empresa?

Durante la puesta en marcha de un negocio es frecuente contratar servicios tecnológicos por precio, por recomendación o simplemente porque eran los que utilizaba la persona que desarrolló la página. Pasados unos años, nadie recuerda exactamente qué se contrató.

Conviene averiguarlo.

No solo importa la empresa que presta el servicio. También interesa conocer dónde se encuentran los servidores, qué recursos tiene contratados el negocio, quién dispone de las credenciales de acceso y qué ocurriría si mañana fuera necesario trasladar la página a otro proveedor.

Para una empresa cuyo mercado está principalmente en nuestro país, valorar un hosting en España puede tener sentido por cuestiones como la proximidad de la infraestructura, el soporte o la gestión del servicio. La ubicación, en cualquier caso, es solo una pieza más: también hay que comprobar las prestaciones reales y las condiciones contratadas.

Y hay otro detalle que suele olvidarse. El dominio, el alojamiento y la propia página web deberían estar bajo control de la empresa. No es extraño encontrar negocios cuyo dominio continúa registrado a nombre de una agencia o de un profesional con el que dejaron de trabajar hace años.

Eso puede convertirse en un problema serio cuando toca hacer cambios.

2. Una web que “funciona” no necesariamente funciona bien

Entrar en la página, navegar por un par de secciones y comprobar que todo carga no dice demasiado sobre su rendimiento.

El comportamiento cambia según el dispositivo, la conexión y el número de personas que estén utilizando la web. Una tienda online también puede responder perfectamente a las diez de la mañana de un martes y tener dificultades durante una campaña que multiplica las visitas.

La velocidad merece especial atención porque afecta a algo muy sencillo: la paciencia del usuario.

Si consultar un producto, cambiar de página o finalizar una compra resulta incómodo, una parte de los visitantes se marchará. El problema es todavía mayor cuando buena parte del tráfico procede del móvil.

Antes de pensar automáticamente que hace falta contratar un servidor más potente, merece la pena averiguar qué está ocurriendo. Imágenes excesivamente pesadas, plugins innecesarios, bases de datos mal mantenidas o una configuración deficiente pueden ralentizar una página aunque el alojamiento sea correcto.

Herramientas como PageSpeed Insights permiten obtener una primera fotografía del rendimiento. No hay que obsesionarse con conseguir una puntuación perfecta; es más útil detectar problemas concretos y comprobar cómo se comportan las páginas que realmente generan negocio: la ficha de un producto, el proceso de compra, un formulario de contacto o una landing utilizada en campañas.

3. Las copias de seguridad importan el día que algo sale mal

Mientras todo funciona, los backups parecen un asunto secundario. Dejan de parecerlo cuando una actualización rompe la web, alguien elimina información por error o se produce un incidente de seguridad.

La pregunta útil no es “¿tenemos copias de seguridad?”, sino algo más concreto: si hoy perdemos la web, ¿hasta qué momento podríamos recuperarla y cuánto tardaríamos en hacerlo?

Una copia que nunca se ha intentado restaurar ofrece menos tranquilidad de la que parece.

También es recomendable que la empresa sepa con qué frecuencia se realizan las copias, cuánto tiempo se conservan y dónde se almacenan. En proyectos importantes puede ser prudente mantener una copia independiente de la infraestructura principal.

La seguridad tampoco termina ahí.

WordPress, PrestaShop y otros gestores utilizados habitualmente por pequeñas empresas necesitan actualizaciones. Lo mismo ocurre con plugins, módulos y plantillas. Dejar durante meses componentes vulnerables porque “la página funciona bien” es asumir un riesgo innecesario.

A esto hay que sumar medidas bastante sencillas: contraseñas únicas, doble factor de autenticación cuando esté disponible, accesos limitados a quienes realmente los necesiten y eliminación de cuentas antiguas.

No son medidas especialmente sofisticadas. Precisamente por eso sorprende la cantidad de problemas que pueden evitar.

4. Pensar qué ocurriría si mañana llegan diez veces más visitas

Crecer es una buena noticia, salvo cuando la infraestructura no está preparada para ello.

Imaginemos una pequeña tienda que normalmente recibe unas cientos de visitas diarias. Uno de sus productos aparece de repente en un medio de comunicación, una publicación se hace viral o una campaña publicitaria funciona mucho mejor de lo esperado. En pocas horas el tráfico se dispara.

Ese no es el momento adecuado para descubrir los límites del alojamiento.

Una pyme no necesita contratar desde el primer día una infraestructura dimensionada para cientos de miles de usuarios. Sería gastar dinero en recursos que probablemente permanecerían sin utilizar. Lo importante es saber hasta dónde puede crecer con la configuración actual y qué alternativas existen cuando se acerque a ese límite.

En determinados proyectos, el siguiente paso puede ser aumentar los recursos del alojamiento existente. En otros tiene sentido utilizar servidores VPS, que permiten disponer de recursos asignados y un mayor margen de configuración que las soluciones compartidas tradicionales.

La decisión debería responder a una necesidad concreta, no a que una tecnología sea más nueva o parezca más profesional.

Un comercio electrónico con bastante tráfico, por ejemplo, puede tener necesidades muy diferentes a las de una asesoría cuya web recibe pocas visitas y se utiliza principalmente para captar contactos.

5. Saber a quién llamar cuando hay un problema

Esta cuestión se suele valorar menos que el precio hasta que ocurre algo urgente.

Si la página deja de aceptar pedidos un sábado, ¿quién se ocupa? Si aparece un error después de una actualización, ¿es responsabilidad del proveedor del alojamiento, del desarrollador o de la agencia que mantiene la web?

Tener esas responsabilidades claras ahorra bastante tiempo.

También conviene distinguir entre diferentes niveles de soporte. Un proveedor de infraestructura puede encargarse de que el servidor esté operativo, pero eso no significa necesariamente que vaya a solucionar un error provocado por un plugin de WordPress. Del mismo modo, la persona que mantiene la web puede necesitar ayuda del proveedor si el problema está en el servidor.

En España existen compañías de distintos tamaños que trabajan precisamente en esta parte de la infraestructura digital. Blumhost, por ejemplo, presta servicios de alojamiento web y VPS, junto a otros proveedores nacionales e internacionales que operan en el mismo mercado. Para una pyme, más que quedarse únicamente con el nombre de una empresa, resulta útil comparar qué incluye realmente el soporte, cómo se gestionan las incidencias y qué queda fuera del servicio contratado.

Preguntar todo esto antes de tener una urgencia suele ser bastante más sencillo que hacerlo con la web caída.

Una revisión que merece la pena hacer de vez en cuando

La tecnología que necesita una empresa no permanece igual durante toda su vida.

Una web sencilla puede convertirse en una tienda online. Una tienda que recibía veinte pedidos al mes puede pasar a gestionar varios cientos. Se incorporan trabajadores, nuevas herramientas, campañas de publicidad y conexiones con servicios externos.

Por eso tiene sentido revisar periódicamente la infraestructura, incluso cuando aparentemente no existe ningún problema.

No se trata de cambiar de proveedor cada año ni de contratar siempre la solución más potente. En muchos casos, después de revisar todo, la conclusión será que no hace falta tocar nada.

Y esa también es una buena conclusión.

Lo importante es que el negocio sepa dónde están sus activos digitales, cómo están protegidos, qué capacidad tienen y qué opciones existen si las necesidades cambian. Son cuestiones poco visibles para el cliente final, pero empiezan a importar mucho en cuanto una parte significativa de la empresa depende de Internet.

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